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jueves, 16 de enero de 2014

Los malos usos de la historia

     Antes de comenzar quisiera pedir perdon por haber estado tanto tiempo ausente, pero por diversos motivos me he visto imposibilitado de poder escribir nada. También quiero dejar claro que el arículo escrito a continuación no es obra mia, sino del escritor y catedrático de historia en la Universidad Complutense de Madrid José Álvarez Junco. Dicho artículo fue publicado en el diario El País el 22 de Noviembre del 2012. He querido publicar este artículo en mi blog porque al leerlo, como historiador, me pareció un artículo muy iluminador que me dió que he pensar y creo que es un documento que debería llegar al mayor número de personas. Por eso quiero aportar mi granito de arena publicandolo en este blog, humilde pero muy afin a la idea que transmite el artículo de José Álvarez Junco.
     "Puede que alguien que no haya dedicado mucho tiempo a pensar sobre estas cosas crea que la Historia es un saber más o menos científico u objetivo sobre el pasado, algo así como la Medicina lo es sobre las enfermedades o la Química sobre las propiedades y combinaciones de los elementos naturales. A poco que haya reparado en la diversidad de opiniones entre los historiadores, sabrá sin embargo que hay diferentes versiones y supondrá que existen, en algunos casos, manipulaciones intencionadas.
Existe, por supuesto, la historia, con minúscula, entendiendo por este término la sucesión de acontecimientos humanos ocurridos en el pasado. Pero esa misma palabra con la que designamos a los hechos pretéritos se usa también —normalmente con mayúscula— para referirse a la construcción intelectual escrita sobre esos hechos. Es la Historia académica, una actividad que algunos de sus practicantes defienden como científica. No lo es, desde luego, en el mismo sentido en que puedan serlo las ciencias duras, en primer lugar porque el número de variables que entran en cada fenómeno es poco menos que infinito; es decir, que las “causas” de los hechos históricos no son únicas, ni en general claras. A estos asuntos se les puede aplicar aquello que dijo Oscar Wilde sobre la verdad: que raras veces es simple y nunca es pura.
Tampoco es la Historia un conocimiento aséptico u objetivo porque los datos que nos llegan sobre el pasado (documentos, ante todo) son parciales, muchas veces escasos y, sobre todo, subjetivos, emitidos por alguien que estaba implicado en la situación que describía. Una distorsión a la que se añade la que introducimos nosotros mismos, quienes recogemos e interpretamos esos datos, que también somos parciales y subjetivos, ya que anotamos unos hechos y descartamos otros según que nuestra visión del mundo los considere o no significativos. Dentro de estas limitaciones, sin embargo, la Historia aspira a un status de ciencia social, un tipo de conocimiento que no admite la arbitrariedad, el ocultamiento o el falseamiento de fuentes. Y esto es lo malo: que muy buena parte de la Historia que se escribe cae en este tipo de deformación porque tiene una finalidad política: es decir, que se usa como argumento al servicio de una causa; normalmente, a justificar la existencia de la organización política en la que habitamos (o la de otra organización alternativa que pretendemos crear).
La Historia justifica realidades actuales porque el mero hecho de que hayan existido desde hace mucho tiempo induce a suponer su carácter “natural”. De ahí que siempre haya habido cronistas e historiadores pagados por los poderes públicos para narrar los orígenes de esos mismos poderes, lo que les llevaba a inventarse antecedentes e incluso a falsificar documentos para avalar la autenticidad de sus tesis. Hubo momentos, sobre todo en la Edad Media y durante el barroco, en que este tipo de invenciones fueron una práctica habitual. Emperadores, papas, reyes, nobles, órdenes religiosas, obispados, universidades o Ayuntamientos, cada cual tenía a su historiador a sueldo. A veces tipos muy cultos, grandes eruditos y lingüistas, capaces de fabricar textos muy sofisticados en las más diversas lenguas muertas.
A lo largo de los siglos XIX y XX, en definitiva, la nación ha sido la gran protagonista de la Historia, al servicio de la forma política dominante, el Estado-nación. Frente a esos Estados-nación se han alzado en algunos países élites de minorías culturales que se consideran nación y reclaman su propio Estado. Y de ahí la pugna por el control de la Historia / relato, en especial en el sistema educativo; porque según formemos la mente de los niños, así serán sus exigencias futuras como ciudadanos.Con las revoluciones liberales, a los grandes guerreros y las dinastías sucedió un nuevo sujeto político, el conjunto de los ciudadanos, un colectivo que reclamaba la soberanía frente al monarca absoluto. En la revolución inglesa del XVII fue llamadothe Country, the People, the Commonwealth. En la francesa del XVIII pasó a llamarse la nation. Como nueva portadora de la soberanía, la nación adquiriría una enorme fuerza. Y la Historia fue reformulada para hacer de ella su protagonista. La nación resultó ser, además, un versátil instrumento político, capaz de legitimar autocracias o de propugnar la democratización del poder, de defender procesos de modernización o el más cerrado tradicionalismo, de unir grandes espacios políticos o exigir la fragmentación del territorio en unidades menores. Tanta era su fuerza que compitió con religiones o clases sociales, las otras dos grandes fuentes de la legitimidad política, y ganó la batalla.
Lo cierto, sin embargo, es que en el siglo XXI la nación no solo no refleja ya de manera adecuada la complejidad de las sociedades en las que vivimos, sino que es, además, un factor distorsionador a la hora de explicar las situaciones del pasado en las que ella no era la identidad colectiva dominante. Además de presentarse como existente desde hace siglos o milenios, la nación se presenta como dotada de “alma”, de voluntad unánime, y poseedora de rasgos culturales homogéneos y estables. Nada más falso. Nuestros antepasados se movilizaron como cristianos o musulmanes, como nobles o villanos, como pertenecientes a tal o cual gremio o ciudad, mucho más que como “españoles” o “catalanes”.
Todo esto tiene, sí, relación con el simposio España contra Cataluñaque se acaba de celebrar en Barcelona. En él se ha aprovechado el tercer centenario de una guerra que fue dinástica, típica del Antiguo Régimen, con aspectos de guerra civil interna y otros de contienda internacional, para presentarlo como un conflicto nacional, moderno, entre dos mónadas intemporales, llamadas “España” y “Cataluña”; y en el que, desde luego, a la primera le toca siempre el papel represor y a la segunda el de víctima inocente.
Ahora parece que el PP catalán pretende organizar un simposio alternativo, en el que se defienda el amor de España por Cataluña, bajo el paraguas de la RAH. Detrás de él latirá la creencia, rotundamente expresada por Rajoy, de que España es “la nación más vieja de Europa”. Si se refiere a la unión de reinos bajo los Reyes Católicos (aunque quizás pensaba en Viriato o don Pelayo), es un excelente ejemplo de utilización política de la Historia, pues presenta como el nacimiento de una nación moderna lo que no fue sino una unión dinástica y acumulación territorial típica del siglo XV.Supongo que es imposible soñar con una situación en la que la Historia no sea manipulada, en la que se deje de pedirnos a los historiadores que avalemos con nuestro relato las propuestas de algún grupo de poder. Pero no deberíamos prestarnos. Las propuestas políticas, por radicales que sean, son legítimas, siempre que no se basen en la coerción sobre los demás. Pero no lo es la deformación del pasado. Si la nación fuera un ser vivo e individual —que no lo es—, podríamos parodiar la situación diciendo que si un día alguien quiere separarse de su pareja, porque ha dejado de quererla o se ha enamorado de otra persona, tiene derecho a ello. Pero que no es necesario —ni legítimo— que añada que a lo largo de todos estos años nunca la quiso y que solo se unió a ella porque le pusieron una pistola en la espalda. Si lo que se quiere es plantear una demanda política, hágase. Pero no nos obliguen a reformular la narración histórica para adecuarla a esa demanda.
Si queremos hacer de la Historia algo que se parezca a una ciencia, no pongamos nuestro trabajo al servicio de un proyecto político. No simplifiquemos el pasado, no lo deformemos, sobre todo, embutiéndolo en los rígidos corsés nacionales, porque el mundo ha estado hasta hace poco entrecruzado por unas redes de lealtades e identidades colectivas que nada tenían que ver con las naciones modernas. No existe hoy un prisma distorsionador que dificulte tanto la comprensión adecuada del pasado como su interpretación en términos nacionales."
Esta imagen, tan satírica como genial, es obra de Eulogia Merle.








     Con este artículo Don José Álvarez Junco deja muy clara su posición, y opino que es la posición que deberiamos adoptar todos aquellos que nos consideremos, no solo historiadores o futuros historiadores, sino todo aquel que encuentre interes en la historia. Así concluye este artículo, espero que os haya dado que pensar, y seria de agradecer que en este artículo comentarais vuestras valoraciones y vuestras opiniones, creo que nos enriqueceria a todos. 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

La independencia de la América Latina

                                                              El sustrato ideológico

     No podemos entender, de ninguna manera, la independencia de la América latina si no somos capaces de encuadrar tales acontecimientos. Hay que partir de la base de que desde principios del siglo XVIII hasta principios del siglo XIX se producen una serie de revoluciones tan importantes como son la revolución industrial inglesa, la revolución político-social francesa y la revolución americana. Estas tres revoluciones encierran un pensamiento ilustrado que calara hondo entre la sociedad latinoamericana, especialmente entre los criollos. Este pensamiento ilustrado se combinara con unos valores tradicionales que dará lugar a un movimiento liberal de carácter nacional, en cual varía según la zona, que tendrá su detonante con las políticas reformistas llevadas a cabo por los borbones. Este reformismo trajo como consecuencia un mayor control, por parte de la monarquía, de la economía y de la administración. La liberalización del comercio peninsular con América sometió a las colonias a los intereses de la metrópoli.

División colonial de latinoamérica.

                                                              Causas del proceso

     Las causas que llevaron a cabo este proceso son tanto internas como externas. Las causas internas son el desprecio a la población criolla, que eran apartados de las decisiones políticas; el control mercantil y administrativo de la metrópoli sobre las colonias y una diversidad racial que fomentaba un clima de sometimiento y exclusión. Las causas externas son las ya mencionadas anteriormente: la independencia de los Estados Unidos, la introducción de las ideas ilustradas con la revolución francesa y el desarrollo de una industria que necesitaba expandirse sobre nuevos mercados.

Jerarquía social
                                                        Características del proceso

     Las principales características de este proceso son la duración de un conflicto que abarca desde 1810 hasta 1833, 1898 si contamos la independencia de Cuba y Puerto Rico. Si ponemos el punto final de la independencia en Cuba, aunque la mayoría de los expertos no la incluyen en el proceso debido a que las consecuencias dadas en estos últimos conflictos poco tienen que ver con las causas iniciales, el proceso de descolonización abarca prácticamente un siglo, aprovechando en todo momento la invasión francesa sobre la península ibérica y el posterior reinado de Fernando VII. También cabe destacar que las ideas liberales no calaron de la misma manera que calaron entre los europeos, haciendo que esta revolución sea de carácter autoritario y caudillista. Ademas de que no promocían un cambio social, sino un cambio en la titularidad del poder. Por último, hay que señalar que este proceso fue protagonizado, en su mayoría, por la población criolla, quedando relegada la población indígena (donde algunos sectores se posicionaron a favor de la monarquía española).

                                                      Las primeras independencias

     Aunque se produjeron anteriormente movimientos de menor envergadura, el primer acontecimiento mas importante sera el levantamiento de Tupac Amaru, este motín tiene como precedente las reformas borbónicas mencionadas anteriormente. El levantamiento se inició el 4 de noviembre de 1780, liderado por José Gabriel Condrocanqui, que tomó el nombre de un antepasado suyo (Tupac Amaru). El movimiento era inicialmente una protesta contra la mala administración española, pero rápidamente adquirió una orientación independentista y racial, cuando indígenas, mestizos y negros secundaron la revuelta. En mayo de 1871 su líder fue ejecutado y la revuelta fue sofocada con rapidez.
     A principios del siglo XIX se vuelve a repetir intentos independentistas. En estos movimientos destaca el intervencionismo ingles, quienes pretendían a través de estar reconducciones poder controlar los mercados de la actual Venezuela y Argentina, ninguno de los intentos tuvieron éxito ya que no consiguieron el apoyo de la población. Durante estos años también se producen otro tipo de levantamientos, pero estos tenían como objetivo derrocar a las autoridades fieles a Godoy, quién tras el motín de Aranjuez había perdido toda su influencia. Ambos movimientos fueron sofocados sin muchas dificultades.

                                               La independencia Suraméricana

     La invasión francesa de la península ibérica en 1808 provocó que se crearan juntas de gobierno independentistas, esto desembocó rápidamente en movimientos armados. Las luchas entre este, recién formado, ejercito americano frente al ejercito colonial se iniciaron a principio de 1810. El problema es que no podían sofocarse estas revueltas debido a la gran cantidad de frentes abiertos y a la imposibilidad de enviar refuerzos desde la metrópolis debido al vacío de poder existente en los primeros años. Pero los rebeldes se dividieron rápidamente entre unitarios y federales. Los unitarios eran proclives a un gobierno centralista, lo que proponían era una solución monárquica con un Borbón. Por otro lado, los federales lo que querían era una casi total autonomía de las provincias.
     En cuanto a las rebeliones, sus éxitos fueron diversos: la mas importante fue la sublevación de Buenos Aires, en esta se logró apresar al virrey de La Plata y se pudo controlar casi todo el virreinato, a excepción de Paraguay, donde los realistas fueron capaces de resistir los ataques de la junta de Buenos Aires. En Uruguay también hubo conflictos debido a que querían la independencia pero no aceptaban a el poder de la junta de Buenos Aires. Al final conseguirá su independencia pero por poco tiempo, ya que fue anexionado por Portugal.

                                  Desarrollo del proceso durante el reinado de Fernando VII

     Cuando Fernando VII logra “volver al trono”, una vez liberada de la ocupación francesa, en el año 1814 consolida su poder en la península y envía tropas para sofocar las revueltas de las colonias. Esta expedición consigue conquistar Chile ese mismo año, pero la junta de Buenos Aires sigue operando. El 9 de Julio de 1816 convoca el congreso de Tucumán, donde se convocó a todas las “Provincias Unidas de América del sur” y giro exclusivamente en torno a la liberación de Chile. En 1817 la expedición de San Martín logra la independencia de Chile, pero un año mas tarde el militar Bernando O´Higgins consigue que Chile se separe de Argentina, rompiendo de esta manera el proyecto de unificación del virreinato.
En respuesta a esto Fernando VII planea enviar un poderoso ejercito, al mando de Rafael Riego, para sofocar las revueltas. Pero este ejercito nunca llegó debido a que se amotinó en Sevilla. Dando lugar a una serie de luchas dentro de la península que permitió a las colonias latinoamericanas continuar con su movimiento independentista.

                                                         Centroamérica, México

     El caso de México es un proceso que sigue una linea de demarcación distinta al de los otros movimientos. Esto se debe a que parte de unas revueltas sociales protagonizadas por la población indígena y encabezada por dos sacerdotes rurales: Manuel Hidalgo y José María Morelos. Estas revueltas reclamaban el reparto de tierras y la igualdad de derechos. Finalmente las élites lograron sofocar estas revueltas y ejecutar a sus lideres.
     Con la llegada del trienio liberal las élites se posicionaron en contra de las nuevas medidas de la metrópolis, iniciándose así un movimiento de rechazo liderado por Agustín de Itúrbide. Este proclamó el 24 de Febrero de 1821 el “Plan de Iguala”, donde defendía un gobierno monárquico, garante de la religión y de los derechos, propiedades y privilegios de la clase alta. Este levantamiento hizo que se reconociera la independencia de México el 24 de Agosto de ese mismo año; y un mes mas tarde se firmó la “Declaración de la independencia del Imperio Mexicano”. Itúrbide (Agustín I) será nombrado presidente de este nuevo estado, pero abdicará dos años después debido a que no es capaz de regir el nuevo Estado.
     En cuanto al resto de América central, esta se había mantenido leal a España, pero tras la independencia de México empieza a iniciarse un proceso independentista. De aquí surgirá en el año 1821 las “provincias unidas de Centroamérica”. El problema de este movimiento es que hay dos corrientes enfrentadas: unos a favor de anexionarse a México y otros a favor de mantener la independencia. Inicialmente fue anexionada, pero al poco tiempo se independizan y no será hasta la década de 1830 cuando estas provincias unidas se separen formando los actuales países de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica.

                                               Perú, Nueva Granada y Venezuela

     En el virreinato de Nueva Granada se producen una serie de levantamiento donde deponen a las autoridades españolas y forman un cabildo abierto y mas tarde se convocara un congreso nacional en toda Venezuela. En el resto de Nueva Granada la Junta de gobierno de Santa Fe convocó un congreso. Pero Quito, Venezuela, Panamá y Cartagena no se integraron, surgiendo diferentes gobiernos que pretendían controlar un mismo territorio. Los conflictos internos facilitaron el avance realista y el posterior sometimiento del territorio al control español. También en Ecuador se creó una Junta y se aprobó la Independencia, dotándose en febrero de 1812 de una Constitución. En este caso la intervención de las tropas realistas del Perú acabó con el proceso independentista. El fin de la presencia francesa en España y la vuelta del absolutismo permite a los realistas que recuperen los restantes territorios del virreinato de Nueva Granada. En el año 1819 Simón Bolívar es nombrado presidente en el Congreso de Angostura y trata de conquistar el virreinato de Nueva Granada y luego Venezuela, formando la “República de Colombia”. Tras vencer los últimos reductos realistas (1821), se anexiona Panamá y Cartagena. A la vez que elabora la constitución de la Gran Colombia.
     Respecto al virreinato de Perú, era la zona de mayor presencia militar realista. Conquistar este virreinato era fundamental porque suponía una amenaza para los demás movimientos independentistas, de hecho salo fue conquistada gracias a las operaciones conjuntas de San Martín por el sur y Simón Bolívar por el norte. El primer paso lo dará San Martín en el año 1822, ocupando Pisco y marchando hacia Lima. Mientras Simón Bolívar marcha hasta Quito y vence a los realistas en la batalla de Pichincha, integrando Ecuador y haciendo cumplir el sueño de Simón Bolívar de crear la Gran Colombia. Esto no duró mucho y en menos de una década la Gran Colombia se disgregó en Venezuela, Ecuador y Nueva Granada (actual Colombia).
     Respecto a los territorios de Perú y Bolivia, a pesar de haber alcanzado la independencia, se
vieron envueltos en una serie de guerras entre los aspirantes al poder, que llegaron a su fin cuando
el presidente de Bolivia, Andrés de Santa Cruz, unificó Perú y Bolivia entre 1836 y 1839, dando
origen a la confederación Peruano-Boliviana que se disolvió en 1839 ante el ataque de Chile y
Argentina temerosos del potencial que adquiría este territorio. A partir de ese año, Perú y Bolivia
recorrerán sus caminos de forma independiente.

                                                     La independencia de Brasil

     Este proceso se inicia con la invasión francesa de Portugal y la huida del monarca Juan VI y su familia a Brasil. La instalación de la familia real en Brasil supone una cambio de estatus, deja de ser una colonia para convertirse en la metrópolis. También se lleva a cabo una serie de reformas para que pudiera convertirse en la metrópolis: se crearon instituciones de gobierno y se abrieron los puertos de comercio. Tras el fin de la ocupación francesa se estableció una regencia impopular que provocó una revuelta liberal que reclamaba el regreso de la monarquía. Juan VI lo que hará será dejar como regente a su hijo Pedro. Aún así la vuelta al estatus de colonia generó tal descontentó que provocó una demanda independentista que se inició con el grito de Iparanga en el año 1822. Con esto se declara la independencia de Brasil y el príncipe pedro sera nombrado emperador.

                                      Las consecuencias del proceso de independencia

     Las consecuencias que trajo la independencia de las colonias latinoamericanas tuvo efectos a nivel económico, social y político.
     A nivel económico, fue el final del monopolio español y brasileño y con ello la apertura de Latinoamérica al mercado mundial. La gran beneficiaria de este cambio fue Gran Bretaña, que pudo acceder libremente al mercado latinoamericano proveyéndolo de productos manufacturados. Ademas las ciudades acabaron imponiendo sus políticas económicas, sustituyendo a la metrópolis y favoreciendo el desarrollo de los intereses de estos núcleos urbanos en detrimento del mundo rural. Otras consecuencia fue la disminución de la mano de obra y el abandono de la esclavitud como sistema económico, fomentando la ganadería. La minería sufrió un fuerte retroceso por la retirada del capital que conllevaba la marcha de los españoles. Además los procedimientos obsoletos de explotación no favorecieron su desarrollo. Respecto a la agricultura, está vivió un continuo crecimiento a la par que se producía una especialización en diferentes monocultivos, que a la larga la volverán muy dependiente del mercado internacional.
    En lo referente a lo social sufrió un enorme cambio. Se abolieron las diferencias legales con base racial, todos fueron declarados ciudadanos y se pasó de una sociedad de castas a una sociedad de clases en la que el nuevo elemento diferenciador fue la riqueza. Aunque esto último no llevó a un cambio social real, excepto la ocupación por parte de los criollos de los puestos del Estado. La esclavitud fue una realidad que tendió a desaparecer cuyo proceso, en algunos países, se
inicia con los procesos de independencia mientras que, en otros, tendrá que esperar hasta mediados
de siglo para la aprobación de leyes abolicionistas. Los indios pasaron a convertirse en ciudadanos, pero sus propiedades comunales se vieron reducidas progresivamente por el avance de las haciendas, que fueron expulsando y proletarizando a este sector social que pasó de la protección estatal española, al abandono de los recientes estados en manos de los ricos terratenientes.
     Por último, como consecuencia política fue el surgimiento de nuevas naciones dotadas de independencia política. Sin embargo sus sistemas políticos pronto se distanciaron del liberalismo y derivaron hacia el autoritarismo. Por un lado fruto del contexto de guerra que hacía necesaria la autoridad para concentrar los esfuerzos en la consecución de la victoria, pero también porque los nuevos estados nacían bajo la égida militar. Por otro lado las élites pronto tuvieron miedo a que el proceso independentista derivase en movimientos revolucionarios, por lo que apostaron por sistemas políticos autoritarios que protegiesen sus intereses. Este movimiento autoritario dará origen al caudillismo, que reproducía el modelo de las grandes haciendas, y que se hizo necesario en el proceso independentista, sostenido por el estamento militar y las élites políticas.